Deseo salvaje

 Los Weretigers son una organización de mujeres y hombres  cambiantes que se dedican a salvar a mujeres inocentes de las  garras de Sammael, un demonio nocturno. Cuando en una de sus  rondas Nahuel se choca con Leah, siente la llamada de los de su  especie. Es ella... su compañera, y ahora que la ha encontrado no  piensa dejarla escapar. El problema no es solo explicarle que es el  rey de los cambiantes... Lo peor de todo es que Leah no es solo su  compañera... También lo es de Sammael

        


Primeros capítulos

PRÓLOGO

      Era una calurosa noche de un sábado de agosto. Aileana bailaba con unas amigas en el pub de moda de la ciudad… hasta que le vio. Se quedó quieta, muy quieta, mientras el hombre que había captado toda su atención se acercaba lentamente. Ella solo le veía a él, y parecía como si él solo la mirase a ella. Su pelo, que llevaba por los hombros, era ébano pulido. Sus ojos, depredadores, recordaban el verde intenso de los prados de las Highlands. Iba vestido con sencillez, solo una camisa y un pantalón negros, y en su pecho descansaba una sencilla medalla de oro colgando de una fina cadena.
      Cuando estuvo a tan solo un suspiro de ella, la cogió suavemente de la nuca y acercando la boca a su oído, le susurró: “Eres mía, dulce Aileana”. Ella estaba hipnotizada por el perverso brillo de esos ojos, pero cuando las palabras del extraño penetraron en su mente, recuperó la consciencia lo suficiente para mirarle fijamente a los ojos y acertar a contestarle: “Que te crees tú eso”. El hombre la miró divertido y solo sonrió, una sonrisa que en otras circunstancias Aileana debería haber tenido el sentido común de temer. La besó suavemente en la mejilla y le dijo: “Ya lo verás, amor mío, no te librarás tan fácilmente de mí, y llegará el día en que no te resistas. Te lo prometo”. Tras una carcajada perversa, la besó salvajemente en la boca y se fue.
      
      Aileana estaba despierta. Eran cerca de las 4 de la madrugada del lunes y no había conseguido dormir ni dos horas desde la noche del sábado. Cada vez que cerraba los ojos veía al demonio que la había reclamado como suya con tan solo una mirada. Y si se quedaba dormida tenía horribles pesadillas con él. Además, ¿cómo sabía el desconocido su nombre? ¿Sería que alguien intentaba gastarle una broma? ¿Sus amigas se habían propuesto desmentir sus palabras? Desde su divorcio hacía más de un año, siempre había dicho que no necesitaba a ningún hombre, prefería estar sola que pasar por otro desengaño.
      Empezó a quedarse dormida. Una pequeña ráfaga de viento abrió las puertas del balcón de su dormitorio, y el aire fresco de la noche se coló hasta su cama. “Duerme, amor mío” dijo el viento. “Duerme y olvídame por ahora. Pronto te buscaré y reclamaré lo que me pertenece, pequeña mía. Pronto, muy pronto, no podrás deshacerte de mí, y acabarás siendo una criatura de la noche como yo”.
      Aileana se removió incomoda entre las sábanas, y el hombre escondido tras el viento sonrió. Ni dormida iba a ponerle las cosas fáciles, pero en cuanto la vio supo que ella sería la elegida. No tuvo que hacer nada, su alma se lo dijo.
      Acarició suavemente el pelo de la joven, la besó una última vez, un leve roce en sus labios rosados, se levantó de la cama y salió de la habitación tal como había entrado. Como una ráfaga de viento.

INTRODUCCIÓN

      En las calles oscuras de Edimburgo existe una criatura demoníaca cuyas víctimas son mujeres que osan pasear solas por sus calles a altas horas de la madrugada. Es el señor de la oscuridad, también conocido como Sammael. Su forma humana excede la belleza terrenal: su pelo oscuro y sus ojos esmeraldas hipnotizan a las jóvenes inocentes cuando se lo encuentran en persona. Es entonces cuando las seduce para obtener de ellas el placer carnal. Pero es más tarde, cuando vuelven solas a casa, cuando una ráfaga de viento las envuelve, y el demonio escondido en el cuerpo del adonis se las lleva a su morada para absorber de ellas hasta la última gota de esencia vital, haciéndolas desaparecer para siempre de la faz de la tierra.
      De entre todas ellas, una será la elegida para seguir la estirpe. Una humana poseedora de una vitalidad y unas características especiales será la encargada de engendrar a su hijo y heredero. Sammael la reconocerá por instinto y la dejará sin consciencia. La mujer será como una marioneta entre sus manos, y la utilizará una y otra vez hasta dejarla embarazada. Será tratada con el más mínimo cuidado hasta que nazca su hijo, y morirá en manos de este, siendo su primer alimento.
      Pero, igual que los licántropos protegen a la humanidad de los vampiros, existen otros seres, mitad felino salvaje mitad humano, que defienden a las mujeres de Sammael: son los Weretigers. Y hay uno de ellos en particular, cuya belleza como animal es similar a su belleza humana. Solo él puede ser el monarca de su especie. El tigre blanco, un animal de belleza infinita y corazón puro. Él es el ser más temido por el señor de la oscuridad. Su nombre se le atasca en la garganta, su olor le produce pavor. Él es el protagonista de esta historia. Su nombre es Nahuel.        La congregación de los Weretigers estaba reunida. Sus seis miembros estaban sentados en el salón de su monarca esperando instrucciones. La noche anterior habían salvado a una chica de caer en las garras del señor de la oscuridad, y tocaba hacer balance. Llevaban cerca de un año al mando de Nahuel, desde que el padre de este cedió el trono a su hijo primogénito para retirarse.
      Nahuel miró uno por uno a sus compañeros. Cuatro hombres y dos mujeres llenos de coraje y determinación que habían hecho de los Weretigers toda una leyenda. En los meses que llevaba al mando habían salvado a tantas inocentes que habían perdido la cuenta.
      Todos eran familiares suyos. Excepto él, todos tenían nombres bíblicos; toda una ironía, pues sus orígenes no podían ser más paganos. Su herencia cambiante tiene sus orígenes en una maldición. Cuenta la leyenda que una bruja se enamoró perdidamente de un campesino. Era el hombre más apuesto y viril de la comarca, y todas las chicas estaban enamoradas de él. Pero él solo tenía ojos para la hija de su señor, y la amaba en silencio, conformándose con verla únicamente en la distancia.
      Cuando la bruja declaró su amor al campesino, él la rechazó amablemente, pero el resentimiento de la joven fue tal que le lanzó un hechizo: lo convirtió en un tigre albino. El dolor y la sed de venganza le convertían inexorablemente en felino, pero descubrió que también podía convertirse a voluntad. Desde entonces utilizó su poder para defender a los inocentes. Y desde que diez siglos atrás apareciera Sammael, su esfuerzo se había limitado a salvar a las jóvenes inocentes a quienes este utilizaba para alimentarse.
      El último equipo de defensa era realmente efectivo. Su hermano Gabriel siempre le cubría las espaldas. Era su príncipe y heredero mientras Nahuel no tuviese hijos propios. Su forma licántropa era una pantera de las nieves. El más extrovertido y vivaz del grupo, siempre estaba dispuesto a animar el ambiente cuando este se tornaba sombrío. Ellos eran los miembros de más edad de la sociedad. Entre los dos dirigían la empresa familiar: la cadena de hoteles más prestigiosa de Escocia.
      A su hermano Gabriel le seguía su primo Abel. Hijo del hermano de su padre, su forma de Weretiger era el guepardo. Experto en informática, se encargaba de la tecnología que usaban en su lucha contra Sammael.
      Los gemelos Uriel y Adriel iban a la zaga. Adriel era médico cirujano y se encargaba de sanarlos si Sammael los hería. Su Weretiger era la pantera negra. Uriel, la mayor de las hembras, era jefe de policía. Con ello se aseguraban que nadie descubriera su existencia. Cuando se transformaba era un leopardo.
      La siguiente en la lista era Amathiel. Su prima era la abogada de la familia. Y como Weretiger se transformaba en tigre.
      El benjamín de la familia era Ithuriel. El hermano pequeño de Abel se transformaba en león. Era un poco alocado, Solo tenía veinte años. Aún estaba en la universidad.
      Nahuel miró uno por uno a su equipo. Ante la atenta mirada de su rey, todos los presentes guardaron silencio.
      —Todos sabéis por qué estamos reunidos hoy aquí. Los ataques de Sammael han aumentado en los últimos meses de manera alarmante, y debemos tomar las medidas oportunas para evitarlos.
      —El mes pasado atacó a doce mujeres en un radio de treinta metros —dijo Gabriel—. Creemos que está buscando a alguien.
      —Sí, pero ¿a quién? —preguntó Uriel.
      —Pensamos que está buscando reproducirse —contestó Nahuel—. Después de doscientos años debe estar viejo y cansado, y necesita un heredero.
      —¿Y por qué simplemente no deja embarazada a una mujer cualquiera? —argumentó Abel.
      —La elegida tiene que poseer unas características especiales para poder engendrar al próximo señor de la noche —contestó el príncipe—. Debe ser lo suficientemente fuerte para no morir en el intento.
      —Contamos con una pista importante —dijo Nahuel—. La elegida vive en el radio de acción de Sammael. Quiero que todos busquéis discretamente en la zona. Tenemos que dar con ella antes que él.
      —¿Y cómo la encontraremos? —preguntó Ithuriel.
      —La mujer tiene una marca de nacimiento peculiar —contestó Gabriel—, una estrella de David en la muñeca derecha.
      —Tenemos que encontrarla y traerla al cuartel general —añadió el monarca—. Es el único sitio en el que podemos mantenerla a salvo. Cuento con vosotros. No me decepcionéis.
      Una vez terminada la reunión, Nahuel y Gabriel se reunieron en la casa del primero. Por razones de seguridad, habían convertido un antiguo castillo en cuartel general y vivienda familiar, y las dos casas de invitados que había en el jardín habían sido convertidas en las viviendas de los dos hermanos.
      —Nahuel, ¿estás bien? —preguntó Gabriel— Te noto preocupado.
      —No sé si vamos a poder lograrlo esta vez, Gaby. Y si fallamos tendremos dos demonios sueltos por ahí.
      —Y habremos perdido a tu primera inocente, ¿no es eso?
      —Eso también —reconoció el monarca—. Desde que estoy al mando no hemos perdido a ninguna mujer, y no quiero que esta vez sea la primera.
      —No te preocupes, tienes el mejor equipo que ha existido jamás. Papá no se cansa de repetirlo. ¿Por qué no hablas con él?
      —Eso haré. Gracias, hermano.
      —No hay de qué. Sabes que no tienes que llevar el peso del mundo tú solo, estoy dispuesto a ayudarte.
      —Ya me ayudas más de lo que nadie puede imaginarse —sonrió pícaramente—. En esta generación hay dos albinos, así que lo justo es que haya dos reyes.
      —¡Ah, no, hermano! El puesto de rey es todo tuyo. Con ayudarte me conformo. Yo no sirvo para eso.
      —Algún día heredarás la corona.
      —Ni en sueños. Pronto te casarás y formarás tu propia familia, así que no tendré que preocuparme.
      —¿Sí? ¿Y cuándo voy a conocer a esa mujer? Con el trabajo que tenemos no nos queda tiempo ni para respirar.
      —Cuando menos te lo esperes, Nahuel. Y yo estaré allí para recordarte esta conversación.
      Nahuel aún sonreía cuando su hermano se marchó a su propia casa. Solo era un año menor que él, y estaban muy unidos aunque a veces, como en ese momento, le sacara de sus casillas. Además, desde que su padre le nombró nuevo monarca de los Weretigers, Gabriel se había convertido en su baluarte.
      Se dirigió con paso decidido al dormitorio de sus padres. Su padre se encontraba sentado frente al escritorio revisando unos archivos. Se quedó mirándole un momento. Siempre le había parecido imponente, y aunque ahora era él quien tomaba las decisiones importantes, seguía sintiéndose un adolescente en su presencia. Su padre tenía ya trescientos años. Comparado con la edad humana acababa de entrar en la madurez. Aunque decidiese jubilarse tres años atrás, Nahuel siempre podía contar con él. El antiguo rey levantó en ese momento la mirada y, al verle, sonrió.
      —¡Hola hijo! ¿Qué tal va todo?
      —No muy bien, papá. Tengo la sensación de que esta vez nada va a salir bien.
      —¿Por qué no iba a salir bien? —preguntó su padre sorprendido— Hijo, sois los mejores guardianes que han existido nunca. Todo va a salir bien.
      —¿Y si fallo? ¿Y si no logro salvar a la chica, papá? Esta vez hay mucho más en juego.
      —Nahuel, puedes hacerlo... Tu hermano y tú sois capaces de hacerlo. No tienes que dudar de tus capacidades, ¿me oyes? Si no te hubiese creído capaz de enfrentarte a Sammael en cualquier circunstancia no te hubiese nombrado rey tan pronto. Así que deja de dudar de ti mismo, porque si sigues así es cuando realmente fallarás.
      —Está bien, papá. Lo intentaré.
      —Estoy muy orgulloso de vosotros dos, hijo.
      —Gracias, papá.
      —Nahuel, antes que vosotros dos, otros han tenido que enfrentarse a esta situación y han vencido. Siempre han podido eliminar a uno de los dos demonios. Y tú serás capaz de lograrlo.
      Cuando su hijo salió de la habitación, el antiguo rey se quedó pensativo. El día que decidió retirarse y dejar el camino libre a su heredero sabía que pronto llegaría el día en que se tuviese que enfrentar el problema que tenían entre manos. Cada doscientos años Sammael buscaba una mujer que engendrara a su heredero, y ellos siempre habían podido evitar que eso ocurriese. La vez anterior le tocó a él, ahora eran sus hijos los encargados de evitarlo.
      Sabía que en esta generación había dos monarcas. Nunca antes habían nacido dos albinos en la misma generación. Cuando vio por primera vez la trasformación de su hijo menor supo que esta vez la corona sería compartida. Y se alegraba de que así fuera. Quizás ellos terminarían de una vez por todas con Sammael y pudiesen vivir en paz.
      Tras ducharse, Nahuel salió de la casa. Necesitaba una copa, la tensión de los últimos días estaba ganando la batalla.
      Fue al bar que regentaba su tío Nathan, el padre de Abel. Era el único sitio en el que los Weretigers podían ir a divertirse sin temor a ser descubiertos.
      Sus primos estaban sentados en una mesa al fondo del local. Pidió una cerveza y se reunió con ellos.
      —¡Ey, Nahuel! ¿Dónde te habías metido? —dijo Adriel.
      —He ido a hablar con mi padre. Necesitaba consultar algo con él. ¿Y Gabriel?
      —Está en la barra —contestó Abel riendo—, intentando ligarse a la camarera.
      —¿Y qué hacéis vosotros aquí sentados sin seguir su ejemplo?
      —No eres el más indicado para hablar, primo —contestó Amathiel desde atrás.
      —Es mejor que te calles, enana —contestó Nahuel bromeando y revolviéndole el cabello con ternura—. Tú ya tienes edad de tener cachorros.
      —Nuestro rey nos tiene tan absorbidas por nuestro trabajo que no tenemos tiempo de conocer machos interesantes —dijo Uriel.
      —Pero si tenéis trabajando con vosotras a los cinco mejores machos de la manada —bromeó Ithuriel—, ¿Qué más podéis pedir?
      —¿Quizás que esos cinco machos no fuesen familiares nuestros? Eso sería un comienzo —contestó Amathiel.
      —Bueno, chicos, yo me marcho —dijo Nahuel apurando su cerveza—. Mañana me espera un día largo.
      —Espera, Nahuel —dijo su hermano acercándose—. Me voy contigo.
      —Que os divirtáis —se despidió el rey de sus primos—. Nos vemos mañana.
      —Hasta mañana —respondieron todos al unísono.
      Nahuel y Gabriel caminaron un buen rato en silencio. La noche estaba clara, y el cielo inundado de estrellas apaciguaba el alma atormentada de Nahuel.
      —¿Qué pasó con esa chica? —le preguntó a su hermano un instante después.
      —Bueno —sonrió—, no es mi tipo.
      —Ya —respondió escéptico su hermano.
      —Nahuel, no creo que seas el más indicado para decirme nada. Yo por lo menos me acerco a las chicas.
      —Yo tengo demasiadas responsabilidades para pensar en ligar, Gaby.
      —No me digas... como si yo no lo supiera. Alguna vez tendrás que tener un heredero, y lo sabes.
      —¿Y para qué estás tú? Eres albino, a fin de cuentas.
      —Sabes a qué me refiero, no te las des de listo.
      —Lo sé, Gaby. No es que no lo intente, en serio. Es solo que aún no he encontrado a la chica adecuada.
      —Espero que la encuentres pronto, Nahuel. Te hace falta una mujer que te caliente la cama y el corazón.
      Un grito de angustia llenó el aire nocturno. Gabriel se transformó en el acto, y su rugido resonó en todas direcciones. Antes de que Nahuel pudiese completar la transformación, un golpe en el pecho le hizo detenerse. Bajó la vista y la vio. Y supo desde ese momento que la había encontrado. Y que encontrarla le traería serios problemas.


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