Perdida en mi memoria

 Elisabeth se despierta en el hospital tras sufrir una agresión que casi  acaba con su vida, pero no recuerda nada de su vida anterior: ni  quién es, ni qué ocurrió... nada. El inspector Caleb Davis es el  encargado de descubrir al agresor, aunque sin la memoria de la  víctima es imposible determinar quién ha sido, pues no hay ni      rastro de él. Pero el agresor está al acecho, y no va a quedarse de    brazos cruzados esperando que Livy recupere la memoria...

        


Primeros capítulos

PRÓLOGO



      El frío manto de la noche acaricia mis huesos helados por debajo de la camiseta de algodón. Mis pulmones van a estallar del esfuerzo al que los estoy sometiendo, pero no puedo detenerme. Tengo que correr lo más deprisa que me den las piernas, tengo que alejarme de aquí cuanto pueda. Las pisadas del asesino golpean mis tímpanos con una melodía terrorífica, y el terror serpentea por mi espalda como una cascabel a punto de atacar.
      Al volver la esquina encuentro un portal abierto. No es la mejor opción, pero quizás si me escondo en él, el asesino seguirá su camino. Las pisadas se acercan cada vez más, mi corazón golpea mi pecho como si quisiera escapar también, y las lágrimas corren por mis mejillas como ríos mortales.
      No entiendo por qué me ocurre esto. ¡Dios, era parte de mi vida! Jamás pensé que llegaríamos a este punto, jamás se me ocurrió que pudiese odiarme de esta manera. Las pisadas de mi perseguidor se paran frente al portal, por desgracia. Me encojo más si cabe entre la pared y el pequeño mostrador del conserje, que a estas horas debe estar durmiendo a pierna suelta en su mullida cama con su mujer.
      Puedo oír mis propios temblores en el silencio de la noche tenebrosa. El crujido de la puerta al abrirse consigue hacerme morderme el puño para no gritar como una energúmena. Los pasos están cada vez más cerca… y veo mi vida pasar ante mis ojos con absoluta claridad. Sus pasos se paran frente a mi escondite, y su aliento me pone los pelos de punta al entrar en contacto con mi oído.
      —Te tengo.
      Intento escaparme de su agarre, pero es mucho más fuerte que yo. Le araño con la esperanza de que afloje su abrazo, pero en vez de eso me cruza la cara de un bofetón. Pido socorro a gritos, pero la voz no sale de mi boca. Me retuerzo intentando escaparme, pero nada de lo que haga va a servir para nada. Siento la primera puñalada arder en mi hombro, la siguiente en el costado. Un fuerte golpe en la cabeza me transporta a la tétrica oscuridad con la certeza absoluta de que voy a morir en manos de alguien en quien confiaba plenamente. 

      Un dolor indescriptible me saca de mi estado inconsciente con un gemido. Abro los ojos para encontrarme en una habitación blanca, llena de máquinas cuyos cables están enganchados a mi cuerpo, y una vía sale de mi brazo hasta una bolsa colgada en una barra. Tengo un tubo instalado en la garganta, lo que me impide hablar, y algo me tira en la mejilla. Cuando estiro la mano para ver qué es, descubro que una enorme gasa la cubre casi por completo. El pánico me asalta al darme cuenta de que estoy en un hospital. ¿Qué me ha pasado? ¿Por qué estoy aquí?
      Un sonido ensordecedor llena el silencio de la habitación cuando intento levantarme con desesperación para quitarme todos esos cables. Una doctora entra a toda prisa para inmovilizarme en la cama. Me debato en un intento de escapar, pero una enfermera inyecta algo en la vía, y empiezo a sentirme muy cansada. Sé que la doctora está hablando, pero no consigo escucharla.
      —Señorita, cálmese. Ahora mismo le sacaremos el tubo, pero tiene que relajar la garganta para que no le hagamos daños mayores a los que ya tiene.
      Calmarme… Me calmaré cuando alguien me explique qué demonios hago en un hospital y cómo he llegado a estar en un estado tan lamentable… Pero si no me sacan el tubo no podré preguntarlo, así que me tumbo en la cama y las dejo trabajar. Me duele hasta el último hueso del cuerpo, pero nada es comparable a esto. Sentir cómo el tubo sale de tu tráquea es doloroso y repulsivo, pero el dolor que siento en todo el cuerpo mitiga su intensidad. Cuando la doctora ha terminado su trabajo, una enfermera me pone una bolsa de calmantes y nos deja a solas.
      —Bien, señorita, ahora que estamos solas, debo presentarme. Soy la doctora Stevens, cirujana cardiotorácica del hospital Bellevue de Manhattan. ¿Puede decirme su nombre?
      Abro la boca para hablar, pero las palabras no fluyen. Acabo de darme cuenta de que no recuerdo nada. Ni quién soy, ni que ha pasado… nada. El pánico se apodera de mí al dame cuenta que soy una mujer anónima en medio de alguna parte. La doctora debe haber adivinado mi terror al descubrirlo, porque me coge la mano y me sonríe tranquilizadora.
      —Tranquila, le costará un poco hablar debido a la irritación que te ha producido el tubo endotraqueal.
      —No me acuerdo de nada —gimo con la voz ronca.
      La doctora observa mis pupilas con ayuda de una linterna, y me hace repetir una serie de movimientos absurdos antes de volver a dejarme tranquila.
      —No hay signos de daños cerebrales, así que sufres amnesia post-traumática. Te han agredido con saña, y tu cerebro reacciona ocultando esos recuerdos para que puedas seguir adelante, así que es normal que no lo recuerdes. Poco a poco vendrán los recuerdos, pero ahora necesita descansar. Tuve que repararle un desgarro en la aorta debido a una puñalada muy cerca del corazón, está viva de milagro. Duerma un poco, hablaremos después.
      Cierro los ojos y la doctora Stevens sale de mi habitación cerrando la puerta tras de sí. Intento dormirme, pero el sueño no llega. Los murmullos llegan hasta mí desde la puerta de la habitación.
      —Aún está muy débil. No va a serle de ninguna ayuda —dice la doctora Stevens.
      —Tengo que hablar con ella. Necesito saber qué recuerda.
      Es la voz de un hombre. Una voz profunda y ronca, que penetra en mi mente y me hace sentir mareada, vulnerable.
      —Ahora necesita descansar. Vuelva mañana —dice la doctora.
      —¡No puedo esperar hasta mañana! Es imprescindible que identifique al agresor, o puede que mañana tenga otra víctima en el hospital.
      —Sufre amnesia post-traumática. No recuerda nada, ni siquiera sabe quién es. Si descansa un poco quizás consiga volver a recordar.
      —¡Que haga un esfuerzo, maldita sea!
      —¡Esa mujer ha pasado por un auténtico infierno! ¿Acaso quiere obligarla a recordar algo que no va a volver a su mente por mucho que ella quiera? Lo único que conseguirá entrando en esa habitación será preocuparla, inspector, y créame, después del trauma que ha sufrido es lo peor que podría hacer.
      —¡Está bien, maldita sea! Volveré por la mañana.
      El silencio vuelve a inundar mi habitación. Inspector, agresor, víctima… Eso quiere decir que el motivo por el que estoy en el hospital no ha sido un accidente. Sea lo que sea lo que me ha pasado ha sido intencionado, y no puedo acordarme ni de qué ha ocurrido ni de quién pudo hacerlo. Los calmantes empiezan a hacerme efecto y poco a poco me quedo dormida.
      Me despierto mucho tiempo después. Lo sé porque por la ventana solo entra la luz de una farola, y mi habitación está en penumbra. Miro alrededor, y me encuentro con la silueta de un hombre sentado en el sillón, que se levanta y se acerca a mí lentamente. La iluminación de las máquinas apenas me deja verle, pero estoy segura de que no le conozco.
      El desconocido enciende la luz que hay encima de mi cama y deja al descubierto sus rasgos cincelados. Es moreno, con el pelo corto y de punta, y de ojos color caramelo. Bastante alto, si contamos que sobrepasa la máquina que hay al lado de mi cama, y de hombros fornidos. Labios carnosos y sensuales, y dos hoyuelos hacen amago de aparecer en sus mejillas. Va vestido con un sencillo traje de chaqueta añil y una camisa blanca.
      Se sienta con cuidado a mi lado en la cama, y coge mi mano entre las suyas. Empiezo a ponerme nerviosa. Su comportamiento es el de alguien que forma parte de mi vida, pero no me suena de nada. ¿Le conozco? Y si es así, ¿por qué demonios no le recuerdo?
      —Por fin se ha despertado. Bienvenida al mundo de los vivos, señorita.
      —Gra… gracias.
      —Soy el inspector Davis, agente de la unidad de víctimas especiales de la policía. ¿Recuerda su nombre?
      Ahora entiendo la familiaridad con la que me trata. Soy una víctima, y está haciendo su trabajo. Niego con la cabeza, frustrada, en respuesta a su pregunta, que no es lo único que he olvidado.
      —Tranquila, es normal debido al trauma que ha sufrido. Está viva de milagro.
      —¿Qué… qué ha pasado?
      —Una mujer la encontró detrás de un cubo de basura sin apenas pulso y llena de golpes y cortes. Gracias a Dios era estudiante de último año de medicina, y logró mantenerla con vida hasta que llegó la ambulancia. Ha tenido mucha suerte.
      —Tengo que darle las gracias, ¿podría decirme quién es ella?
      —Ha estado aquí todo el día. La obligué a irse a casa a descansar, pero prometió venir mañana.
      —Gracias. Siento no serle de ayuda, inspector, pero no me acuerdo de nada. Ni de quién soy, ni de qué pasó… de nada.
      —Tranquila. Sufre amnesia post-traumática. La doctora Stevens cree que logrará recordar con el tiempo. Mientras eso ocurre, tengo a todo mi equipo buscando alguna pista en el escenario del crimen, espero que encuentren algo que nos sea de ayuda para que deje de ser una víctima anónima.
      El inspector se levanta de mi cama, y tras apagar la luz, vuelve a ocupar su lugar en el sillón.
      —Debería descansar. El cuerpo se cura mejor cuando está descansando.
      —¿Va a quedarse ahí? —pregunto intrigada.
      —No hay nadie a quien pueda avisar para que la cuide, y yo no tengo nada mejor que hacer, así que sí, me quedaré aquí.
      —Le dijo a la doctora que volvería por la mañana. ¿Por qué ha cambiado de opinión?
      —No lo hice, es la segunda vez que vengo desde que está usted aquí. Lleva durmiendo más de veinticuatro horas.
      —Gracias por quedarse.
      —No hay de qué. Duérmase, lo necesita.
      Cierro los ojos un segundo, agradecida porque el inspector esté velando por mí, porque aunque no quiera reconocerlo me aterra el hecho de saber que alguien me ha dejado tirada en un contenedor, que alguien me ha hecho daño y dado por muerta. Vuelvo a despertarme cuando la doctora Stevens me ausculta. Ella sonríe sin dejar de hacerlo, me palpa el abdomen y lee mi historial con atención.
      —Muy bien, parece que todo va estupendamente. Las heridas cicatrizan deprisa y el corte de la cara no va a dejarle cicatriz.
      —Me alegro.
      —No hay signos de daños cerebrales, ni tampoco complicaciones postoperatorias. Si todo sigue así, estará fuera del hospital en un par de semanas.
      —Fantástico —suspiro—. Estaré en la calle sin saber quién soy ni dónde vivo.
      —No se preocupe por eso. El equipo del inspector Davis ha encontrado su teléfono móvil, y él ha ido a la comisaría para ponerse en contacto con su familia. Antes de lo que imagina sabrá quién es y estará arropada por los suyos. Ordenaré que le traigan algo de comer, debe estar hambrienta y ya puede a tomar dieta blanda.
      —Gracias, doctora Stevens.
      Ella se marcha y me quedo pensando en mi futuro. Han encontrado mi teléfono, y por fin sabré quien soy. Quizás no recuerde a mi familia, pero al menos estaré en un lugar seguro. Media hora después una enfermera me trae un tazón de caldo y una gelatina de fresa.
      —No es mucho, pero es lo único que su cuerpo podrá tolerar por ahora —dice acercándome la mesa.
      —Créame, me da igual con tal de comer algo. Estoy famélica.
      —¿Quiere que la ayude? ¿O se siente capaz de hacerlo sola?
      —Creo que puedo sola, gracias.
      —En ese caso, que aproveche. Si necesita cualquier cosa, pulse el botón azul que tiene al lado de la mano y vendré enseguida.
      —Gracias.
      La enfermera sale de la habitación y me dispongo a saborear el caldo de pollo que me ha traído. Aunque me cuesta un mundo hacer llegar la cuchara a mi boca, consigo tomármelo casi todo. El calor de la sopa calienta mi cuerpo, y relaja mis músculos tensos. La gelatina no es la mejor que he probado, pero el dulce me sienta tan bien como la sopa. En cuanto termino de comer, me tumbo en la cama y cierro los ojos para dormir un poco, pues el esfuerzo me ha dejado exhausta.
      —¡Livy! ¡Oh, Dios mío, Livy! ¿Qué demonios te han hecho?
      La voz atormentada de un hombre me hace abrir los ojos. Apenas puedo verle la cara, porque se abalanza sobre mí y me aprieta contra su cuerpo, haciéndome un poco de daño.
      —¡Ay! —gimo en su oído.
      —¡Dios, lo siento, hermanita! —Me suelta de inmediato—. ¿Quién ha sido el desgraciado que te ha hecho esto? ¡Le mataré! ¡Juro por Dios que le mataré!
      Me quedo mirando esos ojos que son idénticos a los míos, de un azul tan intenso como el océano, sin recordarle, sin relacionarle conmigo. El hombre que acaba de abrazarme es alto, con el cabello rubio de punta y una barba perfectamente perfilada en su cara angulosa. Sus ojos están anegados en lágrimas, y sus manos tiemblan fruto de la rabia y la impotencia.
      Intento recordar a mi hermano, pero no hay nada en mi memoria, ni un solo recuerdo que me relacione con él. Las lágrimas corren por mis mejillas sin control, él se asusta y corre a llamar al médico. ¿Por qué no puedo recordarle? Es mi hermano, sangre de mi sangre. Verle no ha removido en mi mente absolutamente nada. Sigo tan perdida como cuando desperté.
      La enfermera inyecta algo en la bolsa que tengo unida a la vía y se marcha para dejarnos solos.
      —Me ha dicho la doctora que no recuerdas nada.
      Mi hermano cierra la puerta y se sienta junto a mí. Niego con la cabeza antes de incorporarme un poco en la cama.
      —Sé que tienes mis mismos ojos a pesar de que no me los he visto en un espejo, pero no me resultas familiar. No recuerdo ni mi nombre, ni a qué me dedico, ni siquiera recuerdo el ataque. Lo siento.
      —¡Ey! No tienes que sentirlo, Liv, no es culpa tuya. La doctora me ha explicado que la amnesia que sufres es la respuesta de tu cuerpo al trauma. Olvidaste para que no te afecte lo que te pasó. Te llamas Elisabeth Robinson, Livy para tus amigos y Liv para mí, y tienes treinta años. Eres dueña de una pequeña pastelería en el centro de Manhattan. Yo soy Alex, tu hermano, cuatro años mayor que tú. No tenemos más hermanos. Papá y mamá son los dueños del Ben’s, un restaurante de West Street. Estaban de vacaciones, llegarán mañana.
      —Perfecto… les he fastidiado las vacaciones.
      —Eso no es cierto. No has sido tú, sino el cabrón que te agredió.
      —¿Dónde vivo?
      —Tienes un apartamento minúsculo sobre la pastelería, lleno de cachivaches por todas partes. Adoras estar allí, pero te aseguro que mamá no va a dejarte volver a él hasta que se autoconvenza de que estás completamente recuperada. Estás prometida con Dean Mathews, uno de los abogados más respetables del país, que está de viaje de negocios. También llegará mañana. Yo estoy casado. Mi mujer se llama Mary Anne, y es una de tus dos mejores amigas, la otra es Samantha, que trabaja contigo. No sé qué más contarte, Livy.
      —Es demasiada información para digerir en tan poco tiempo, Alex. Necesito descansar.
      —Por supuesto, cariño, descansa. —Acciona el mando y baja mi cama para que pueda dormir—. Yo estaré aquí mismo.
      Mi hermano me acaricia el cabello con ternura y se sienta en el sillón a velar mi descanso. Elisabeth Robinson. Pastelera. Prometida con un buen hombre, y con un hermano y unos padres que se preocupan por mí. Parece que tengo una vida de ensueño, así que no encuentro explicación a que alguien me hiciera daño. ¿Dónde está el inspector Davis? ¿Por qué no me siento segura aunque mi hermano está aquí mismo? ¿Por qué necesito su cercanía para sentirme a salvo? Poco a poco el cansancio me vence, y caigo en un profundo sueño.
      Me despierto varias horas después, y el inspector Davis está sentado en el sofá leyendo en una tablet.
      —¿Dónde está mi hermano?
      —Ha ido a darse una ducha y a descansar un rato. Le dio usted un susto de muerte.
      —¿Yo? ¿Por qué?
      —Ha tenido una pesadilla. Gritaba como una energúmena, y cuando se ha acercado a despertarla le ha dado un puñetazo. Va a tener el ojo morado una temporada.
      —¡Dios, pobre! —digo con un suspiro.
      —Nadie se ha parado a decirle lo que le hizo el agresor, ¿no es así?
      —No. Sé que me acuchilló por los cortes de mi cara y mi abdomen. Sé que me golpeó por los moretones, e intuyo que me violó.
      —Llegó a urgencias con un traumatismo cráneo-encefálico debido a un fuerte golpe en la cabeza, cinco puñaladas en pecho y abdomen, la tibia rota, signos evidentes de agresión sexual y un corte sangrante en el rostro debido al cual casi pierde el ojo izquierdo.
      —¡Dios mío!
      —Los médicos no encontraron restos de semen en su vagina, ni piel debajo de sus uñas, posiblemente porque se las limpiaron cuando la dieron por muerta. No tenemos ninguna pista de quién o quiénes fueron sus agresores.
      —Pudo ser cualquiera. Mi mente es un espacio en blanco en el que cualquiera puede escribir lo que se le antoje. ¡Dios, hasta pudo ser mi hermano!
      —No fue él. La noche del crimen su hermano se encontraba trabajando. Es guardia de seguridad de una fábrica, y las cámaras de seguridad han demostrado que su hermano no se movió del recinto en toda la noche.
      —¿Han investigado a toda mi familia?
      —Es nuestra obligación. Nadie es inocente mientras no se demuestre lo contrario.
      —Debe creer que soy un monstruo por dudar de mi propio hermano, ¿verdad?
      —En absoluto. Lo que creo es que está aterrada. No recuerda nada y le aterra pensar que el asesino sea alguien en quien confiaba. Es normal que tenga dudas, señorita Robinson. Yo también las tengo.
      —Soy pastelera.
      —Lo sé.
      —Hago pasteles. Tengo una pequeña pastelería, y mi casa está justo encima. No tenía que estar en la calle a esas horas de la noche.
      —¿Cómo sabe que era de noche?
      —Me lo ha dicho usted.
      —No, no lo he dicho.
      —Sé que era de noche. Sé que andaba deprisa porque sabía que no debía ir sola por la calle a esa hora. Sé que llovía a mares.
      —Muy bien… lo está haciendo muy bien… siga así.
      Cierro los ojos para acordarme de algo más, pero mi mente vuelve a estar en blanco. Gimo frustrada y golpeo el colchón, pero el inspector sostiene mi mano para que no termine haciéndome daño con la vía.
      —Tranquila, no pasa nada. Poco a poco. Ya tenemos un dato, pronto volverá el resto.
      —Estaba tan cerca… ¡Maldita sea! ¡Estaba muy cerca!
      —Cuanto más frustrada se sienta más tardará en recordar. Debe tranquilizarse.
      —¿Cómo cree que puedo tranquilizarme cuando hay un asesino suelto que me ha dado por muerta? ¿Cómo voy a tranquilizarme sabiendo que en cuanto descubra que no me ha matado volverá a intentarlo?
      —Lo hará porque yo no permitiré que nadie vuelva a hacerle daño. Tiene mi palabra. Y ahora quiero que vea a alguien que ha estado muy preocupada por usted.
      El inspector Davis sale al pasillo y hace entrar a una joven de unos veinte años en la habitación. La miro sin saber quién es, y al verla llorar a lágrima viva me siento un poco incómoda.
      —Ella es Margaret Harris, la joven que la encontró.
      Le hago señas para que se acerque, y cuando se sienta junto a mí aprieto sus manos entre las mías con fuerza.
      —Gracias, Margaret. Jamás podré agradecerte lo suficiente que me hayas salvado.
      —Cuando la vi tumbada en la calle pensé que estaba muerta, y me asusté tanto que eché a correr, pero gimió, y… bueno, aunque aún no me he graduado me tomo muy en serio mi trabajo. No sé quién le hizo esto, pero espero que lo encuentren y acabe sus días entre rejas.
      —Yo también, Margaret.
      —Debo irme, tengo que volver a la facultad.
      —Gracias por todo, de verdad.
      —Me alegro de que esté bien.
      Cuando la muchacha sale de la habitación, las lágrimas comienzan a caer por mis mejillas fruto de la desesperación. ¿Por qué no me puedo acordar de nada? Mi vida es un caos. Me han violado, golpeado hasta darme por muerta, y nadie sabe quién es el culpable. No hay pistas, ni recuerdos… no hay nada.
      A una señal del inspector Davis, una enfermera entra en mi habitación e inyecta un calmante en mi vía, y me quedo dormida con las lágrimas secándose en mi cara. Me despierto varias horas después bajo la mirada más verde que haya visto en mi vida. Unos preciosos ojos de color musgo bajo unas espesas pestañas negras como la noche que pertenecen a un bombón enfundado en un traje de Armani. Su cabello sedoso es azabache fundido, y sus rasgos los pertenecientes a un Dios griego. Bajo la tela del traje se dibujan unos músculos bien definidos, y su boca carnosa está hablando, pero no le oigo.
      —Cariño, ¿me oyes? —pregunta, sacándome de mi ensimismamiento.
      —Supongo que eres Dean —digo en un susurro.
      —Así que no me recuerdas tampoco. —Suspira y se sienta a mi lado para cogerme la mano—. Me he llevado un susto de muerte creyendo que te había perdido. He venido lo más deprisa que he podido.
      —Estoy viva, que no es poco.
      —Cierto, pero aún debes recuperarte. Cuidaré de ti, cariño, te lo prometo.
      Acerca su boca a la mía para darme un beso suave, apenas un roce de sus labios, pero los míos no le reconocen y se quedan inertes bajo ellos.
      —Aún no estás conmigo, puedo sentirlo —susurra con un suspiro.
      —Lo siento… Siento no recordarte.
      — Volverás. Estoy seguro. Es solo cuestión de tiempo.
      —Teníamos fecha para la boda, ¿no es cierto? Lo recuerdo.
      —Nos casábamos dentro de tres semanas. Pero no te preocupes por eso. Cancelaré la boda hasta que te recuperes, ¿de acuerdo?
      —Gracias, Dean, en serio. Muchas gracias por ser tan comprensivo con todo esto.
      —Te quiero, Livy. Sé que has pasado por un trauma espantoso y que tienes que recuperarte. Quiero que cuando digas “Sí, quiero” sea convencida de que es verdad, no porque venga yo a decirte que era así. Ahora descansa, volveré mañana a verte.
      —Puedes quedarte, si quieres —digo más por compromiso que por ganas.
      —Créeme, me encantaría, pero he venido directamente del aeropuerto. Necesito una ducha y dormir un poco. Y tus padres llegarán en cualquier momento, así que estarás acompañada. Yo me quedaré mañana contigo.
      Dean me besa en los labios de nuevo y acaricia con ternura mi mejilla.
      —No olvides que te quiero, princesa.
      Dicho esto, sale de la habitación y yo me quedo mirando su espalda musculosa. Realmente es el tipo de persona de la que me enamoraría, ¿pero por qué no siento absolutamente nada?
      Media hora después llegan mis padres. Mi madre es una mujer bajita, con el pelo plateado recogido en un sencillo moño en la nuca, y una elegancia natural que estoy segura de no haber heredado. Sus ojos son azul verdoso, y su sonrisa es la misma que la de Alex, tan dulce y traviesa a la vez. Mi padre es bastante alto, casi tanto como el inspector Davis, con los ojos azul intenso y una barba plateada que le da un parecido razonable a Sean Connery. Mi madre tiene los ojos anegados en lágrimas, y me acuna entre sus brazos con cuidado de no hacerme daño. Mi padre se sienta junto a mí y acaricia con ternura mi espalda. Su calor y su cariño me inundan como bálsamo para mis heridas, y casi sin darme cuenta estoy sollozando entre sus brazos, abrazándoles con fuerza.
      —¿Qué te han hecho, tesoro? ¿Qué diablos te han hecho? —susurra mi madre.
      —Le mataré… Juro por Dios que mataré a ese desgraciado —promete mi padre.
      —No recuerdo nada —susurro—. Lo he olvidado todo.
      —No te preocupes, mi niña, mamá se ocupará de ti. 
      —Inspector, ¿hay alguna novedad en el caso? —pregunta a mi padre.
      —Me temo que no, señor Robinson. De momento, todo depende de que su hija recupere la memoria. Seguimos investigando a todos sus conocidos, a todo aquel que pueda tener un motivo para hacerle daño a su hija, pero todo apunta que estaba en el lugar adecuado en el momento más inoportuno.
      —¿Por qué tuviste que ir sola, Liv? ¿Por qué no cogiste el coche? —pregunta mi madre.
      —No lo sé, mamá. No sé por qué salí tan tarde, ni hacia dónde fui. Solo recuerdo que era de noche y corría.
      —Está bien, princesa —interrumpe mi padre—. Ahora lo que necesitas es descansar y recuperarte. Nosotros cuidaremos de ti, tesoro.
      —¿Pero y el restaurante?
      —¿Recuerdas el restaurante? —pregunta mi madre esperanzada. 
      —No, mamá. Alex me habló de él cuando me visitó ayer.
      —El restaurante sobrevivirá sin nosotros, hija —dice mi padre—. Tú eres mucho más importante.
      Me tumbo en la cama y mi madre se tumba a mi lado sin dejar de abrazarme. Me quedo dormida en su pecho, sabiendo que mientras ellos estén conmigo nada malo podrá ocurrirme.



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