Locura salvaje

 Gabriel pertenece al linaje real de los weretigers, una raza de  cambiantes residente en Escocia. Ahora que Nahuel tiene a su  heredero, vive dedicado a la clínica gratuita en la que él y su primo  Adriel tratan a las personas más necesitadas de la ciudad. Pero una  visita inesperada cambiará su vida para siempre: tendrá que ser el  rey de la congregación de su tío en Nueva York. Nueva ciudad,  nuevas personas... Y nuevos problemas. Danielle vive recluida en  un psiquiátrico a pesar de no estar loca. Cree que es el único lugar  donde la bestia que la atacó una noche en el cementerio no podrá  encontrarla. Pero un día llega a su habitación Gabriel, un hombre  sexy que intenta sacarla de su farsa, sabe que no está loca y  pretende ayudarla. ¿Podrá confiar en él?

        


Primeros capítulos

PRÓLOGO



      En la Escocia del siglo XII, una joven bruja se enamoró de Mikael, campesino de la casa Bruce, un clan procedente de Kincardine. La joven se desvivía por agradarle, por llamar su atención, pero él solo tenía ojos para la hija menor de su laird, y se conformaba con amarla en la distancia.
      Las dos mujeres eran polos opuestos. Mientras que la hija del laird era una mujer menuda, con el cabello del color del trigo y los ojos del azul intenso del mar, la joven hechicera era alta, curvilínea, con una melena rizada de azabache fundido que le rozaba los muslos y los ojos de color miel. Mientras la una dedicaba su tiempo a suavizar su piel y cuidar su cabello, la otra debía ocuparse del huerto para poder sobrevivir.
      Cuando la bruja confesó a Mikael el amor que le profesaba, fue rechazada de forma delicada, pues el muchacho tenía un gran corazón y no quería hacerle daño. Pero ella no fue capaz de entenderlo, y cegada por el resentimiento y la pena, le lanzó una maldición:

En las noches de luna llena tu cuerpo se cubrirá de pelo blanco como la nieve, y cada una de tus extremidades será transformada en garras. Te retorcerás entre espasmos de dolor hasta transformarte en una fiera, para que la amada hija de tu laird te tema y no pueda ser tuya jamás. 

      El muchacho comenzó la transformación. Sus cara mutó hasta poseer un poderoso hocico dotado con hileras de dientes letales, y sus brazos y piernas se convirtieron en enormes zarpas de cinco dedos con enormes uñas de felino. Su cuerpo se cubrió de pelo blanco atigrado, la columna vertebral se le curvó, y de su garganta surgió el rugido que durante siglos los enemigos de los de su especie han tenido el atino de temer: el primer weretiger, un tigre albino con el doble de tamaño de un tigre común.
      Por suerte, la inexperiencia de la hechicera hizo que el proceso no fuese doloroso como ella había vaticinado, por lo que dicha maldición no fue tan terrible como ella deseaba. Mikael descubrió que, aunque en las noches de luna llena era irremediable la transformación, también era capaz de mutar a voluntad. Vio su nuevo estado como un don, no como una maldición, y utilizó su nuevo poder para proteger a los Bruce de los ataques de otros clanes, convirtiéndose en guerrero, ganándose el respeto de todos y el amor de la mujer de sus sueños.
      Y así, en las noches de luna llena, los descendientes del guerrero maldecido sufren una maravillosa transformación. Cada uno de ellos se convierte en un felino salvaje, y tal como hizo su antepasado, han usado siempre su poder para hacer el bien.
      En cada generación nace un solo albino. Él es el elegido para ser el monarca, para guiar a los suyos en su lucha contra el mal. Pero en la última generación algo ha cambiado. Blake Bruce, descendiente directo de Mikael, ha engendrado dos albinos: Nahuel, el tigre albino, y Gabriel, la pantera blanca. Por orden de nacimiento le corresponde reinar a su primogénito, Nahuel. Pero el destino le tiene reservada a Gabriel, dos años menor, una misión que no será capaz de rechazar.

Prólogo

      Blake Bruce temblaba mientras leía la carta que a duras penas sostenía entre los dedos. Ya la había leído dos veces, y aún no podía creer lo que estaba leyendo. El momento que más había temido se acercaba. Pensó que jamás tendría que decirles a sus hijos toda la verdad, pero por desgracia se equivocaba. En ese momento, Yvaine, su esposa, entró en la habitación y puso las manos sobre sus hombros.
      —¿Qué ocurre? —preguntó— Estás demasiado pálido y serio.
      —Llegó el momento, cariño —contestó él pasándole la carta.
      Su esposa abría los ojos a cada frase que leía, y terminó con los ojos anegados en lágrimas. Se dejó caer sobre la silla que tenía a su lado, y la carta cayó sobre la falda de su vestido de Armani con cuidado.
      —¿Cómo vamos a decírselo? —preguntó con un suspiro.
      —Yo me encargaré.
      —Va a odiarnos el resto de su vida, Bruce.
      —Gabriel sabe cuál es su deber. Lo entenderá.
      Cien años atrás, las cosas no eran como hoy en día. Ahora podían convivir dos albinos en una misma familia, pues él se había encargado de cambiar las leyes, pero su padre no fue capaz de hacerlo. Blake tenía un hermano, un hermano albino. Los dos jóvenes eran idénticos tanto en su forma humana como en su forma animal, aunque Duncan era cuatro años menor que él. Pero en aquella época las leyes antiguas determinaban que el último albino en nacer en una misma familia debía morir para no poner en peligro el liderazgo de la manada, así que su padre tuvo que tomar una dura decisión. Incapaz de condenar a su pequeño, mandó a Duncan en un barco rumbo a América bajo la tutela de su mano derecha y capitán de su guardia, Kendrick McDougal. Su hermano había vivido siempre alejado de los suyos, deseando volver a su país, pero cuando él tomó el mando de la congregación, Duncan ya había formado una familia en Estados Unidos, y no quiso volver a Escocia.
      Cuando Kendrick llegó a su destino, Nueva York, descubrió que allí lo weretigers no estaban organizados como en Escocia, y por tanto eran vulnerables a los ataques de otras especies. Él se dedicó a reunirlos, a formar una nueva congregación, que acogió a Duncan como su nuevo monarca cuando tuvo la mayoría de edad. Había sido un gran rey durante todos estos años, firmando alianzas con los licántropos para proteger a los humanos de los vampiros, que eran muy numerosos en aquella ciudad. Poco a poco la paz reinó entre los suyos… pero ahora se avecinaban problemas.
      Duncan volvía a Escocia, su casa, porque necesitaba la ayuda de sus hermanos. Le explicó en líneas generales que el problema era un nuevo demonio, muy parecido a Sammael, pero él se sentía muy viejo y cansado como para enfrentarlo. Su congregación no era guerrera, como la de Nahuel. Su misión de defender a la humanidad se limitaba a los acuerdos, al papel. Sus hombres estaban desentrenados, y los licántropos ya tenían suficiente con los vampiros como para lidiar con otro monstruo más.
      Blake sabía muy bien a qué venía su hermano. Duncan había tenido dos hijas con una humana, y ninguna poseía los genes de sus antepasados. Duncan necesitaba un heredero, y ese título pertenecía a Gabriel. Blake se puso de pie con un suspiro y extendió la mano hacia su mujer.
      —Vamos, cielo, tenemos que decirle a los chicos que su tío vuelve a casa.
      —¿Vas a hablar con Gabriel ahora?
      —No, esperaré a que llegue mi hermano.
      Nahuel llegó a la sala de reuniones llevando en brazos a Mikael, su primogénito. Sonrió al ver a su nieto gorjear tirando del pelo de su padre. Era el juguete de la familia, el primer descendiente de la actual generación. Como cabía esperar, poseía el gen albino, pero Mikael era único en su especie. Al ser su madre humana, lo normal era que el pequeño no hubiese sufrido su primera transformación hasta la pubertad. Aún cuando ambos padres eran weretigers, las crías no conseguían mutar hasta dar sus primeros pasos. Pero Mikael se transformó en lince en los brazos de su madre nada más nacer. No había constancia de ningún caso anterior, por lo que todos creían que él sería el encargado de terminar con la maldición.
      Con su primer diente y aún balbuceando sus primeras palabras, el pequeño Mikael era una copia exacta de su padre. El pelo caía con gracia sobre su frente en suaves rizos, y los ojos de los Bruce miraban embelesados a su padre, que le hacía carantoñas para que riera. Sus mofletes rosados cubiertos de babas dejaban asomar un par de hoyuelos cuando sonreía, y sus bracitos rechonchos sostenían su juguete preferido: un tigre de peluche.
      A los pocos minutos entraron en la habitación su hijo Gabriel y su nuera Aileana. La elegida. La marca de nacimiento de su muñeca apenas se notaba ya, debido a que Sammael había sido borrado de la faz de la tierra el año anterior. La muchacha había sido puesta en el camino de su hijo por culpa del demonio, que la eligió para perpetuar su especie, cosa que por suerte no consiguió. Aileana le hacía mucho bien a la familia, era un soplo de aire fresco para todos ellos. Era fantástica como esposa, como madre… pero sobre todo como reina. Entendía perfectamente a su hijo. Aileana le hacía sentir más joven, y el amor que se profesaban suavizaba el carácter de Nahuel siempre que ella estaba cerca.
      Miró entonces a su hijo menor, del que pronto tendría que despedirse. Mientras Nahuel era fuerte, poderoso, todo un guerrero highlander, Gabriel era varonil, pero de rasgos suaves. Sus músculos apenas se perfilaban bajo la camisa de seda negra que llevaba puesta, pero todos sabían que su fuerza era equiparable a la de su hermano. Sus ojos eran del mismo azul intenso que los de Nahuel, y llevaba el pelo rubio de punta. Lo que más llamaba la atención de sus rasgos era su sonrisa. Cuando sonreía, se marcaban dos hoyuelos en sus mejillas, y sus ojos quedaban reducidos a dos pequeñas rendijas de luz en su cara.
      Pero su mayor belleza quedaba de manifiesto cuando se convertía en felino. Una pantera albina con los ojos más azules y cristalinos que había visto en su larga vida. Su pelo era suave como la seda y de un blanco níveo, surcado de motas negras. Sus movimientos eran gráciles y silenciosos. Gabriel era sigiloso como ninguno de sus compañeros… rápido y mortal. Iba a echarle terriblemente de menos, pero sabía que no había otra solución. Aunque su corazón se rompiera en mil pedazos, el destino de su hijo menor estaba marcado, y él no podía hacer nada para remediarlo.
      —Papá, ¿ocurre algo? —preguntó Nahuel— Llevas un bien rato perdido en tus pensamientos.
      —Hay algo que debo deciros, y debería haberlo hecho hace mucho tiempo. ¡Dios! No sé por dónde empezar…
      —Es muy fácil, papá —bromeó Gabriel—. Empieza por el principio.
      —Gabriel, no es momento de bromear —le regañó su madre.
      —Sabéis que antes de mi reinado existía una ley por la cual si en una familia nacían dos monarcas, uno de ellos debía morir —comenzó Blake.
      —Gracias por abolirla —dijo Gaby acariciándose el cuello instintivamente—. Era mi cuello el que corría peligro.
      —Si abolí esa ley fue porque antes que vosotros ya se había dado esa condición en mi familia. Mi madre también tuvo dos albinos.
      —¿Por qué nunca nos dijiste nada? —preguntó Nahuel.
      —Porque nadie debía saberlo.
      —¿Por qué? —preguntó Aileana— Creo que a toda la familia le habría gustado saber dónde se encuentra enterrado tu hermano.
      —Mi hermano no ha muerto. Mi padre fue incapaz de hacerlo.
      —¿Y dónde está ahora? —preguntó Nahuel.
      —Duncan fue enviado a Nueva York con su hombre de confianza. Allí las cosas no eran como en Escocia, y los weretigers estaban dispersos por la ciudad. Él se encargó de reunirlos en una congregación, y le aceptaron como su monarca. Para cuando abolí la ley ya había formado su propia familia allí, y ya no tenía mucho sentido que volviese a Escocia.
      —¿Por qué nos lo cuentas ahora, papá? —preguntó Gabriel.
      —He recibido una carta en la que me avisa que vuelve a casa porque necesita nuestra ayuda. Sabremos más en cuanto llegue.
      —¿Y cuándo será eso? —preguntó Nahuel.
      —Si todo va según lo esperado, llegará mañana por la noche.
      —Muy bien —dijo Leah levantándose—. Voy a prepararlo todo para que el tío Duncan se sienta como en casa. ¿Me ayudas, Yvaine?
      —Claro —dijo la aludida saliendo detrás de ella.
      —Yo también me voy —dijo Gaby estirándose en su silla—. He quedado con Adry para echarle una mano en la clínica, que con la gripe está hasta arriba de trabajo.
      Cuando su hermano salió de la habitación, Nahuel se sentó junto a su padre, mirándole serio.
      —Hay algo más que no nos has contado, ¿verdad?
      —Me temo que sí, hijo. Ha aparecido en Nueva York un nuevo demonio, por lo que dice mi hermano muy parecido a Sammael, y él no está preparado para enfrentarlo.
      —¿Quiere que vayamos a echarle una mano? Estupendo, que nos estamos oxidando desde que terminé con ese maldito demonio.
      —Por desgracia creo que es más que eso lo que quiere. Mi hermano solo ha tenido dos hijas con su mujer, y ambas son humanas.
      —Joder… —susurró Nahuel sabiendo lo que eso significaba.
      —Tu hermano no va a tomárselo nada bien, aunque sé que cumplirá con su deber.
      —¿Te preocupa que no pueda con ello?
      —Me preocupa que esté solo, en una ciudad nueva, con un montón de weretigers extraños que posiblemente han soñado con el puesto que él va a heredar.
      —Gaby es fuerte, papá, mucho más de lo que crees. Podrá con ello, estoy seguro.
      —Eso espero, Nahuel, porque no estaré allí para apoyarle.
      —Él sabe que si me necesita me tendrá allí lo antes posible. Y tiene al tío Duncan, no estará solo.
      Su hijo salió del despacho dejándole solo con sus pensamientos. Esperaba que lo que se avecinaba para su hijo no fuese nada comparado con Sammael, porque de ser así Gabriel iba a tener serios problemas. Sin un equipo de defensa preparado, su congregación sería vulnerable, y él solo no sería capaz de terminar con la amenaza.
      Unos golpes en la puerta lo sacaron de su ensimismamiento. Su sobrina Ithuriel cruzó el umbral con el pequeño Mikael en brazos.
      —Tío, ¿puedes quedarte con él un momento? Leah y la tía están muy ocupadas y el pequeño demonio no deja de hacer trastadas.
      —A ver qué le pasa a mi pequeño.
      Cogió al niño en brazos, que empezó a balbucear y a jugar con su corbata, y todas las preocupaciones y tensiones acumuladas sobre sus hombros quedaron relegadas a un segundo plano. Su pequeño lince era su debilidad, le hacía sentirse más joven, más vivo. Se tumbó con él en la alfombra y pasó toda la tarde entre risas y juegos.

      Gabriel llegó a la clínica de su primo Adriel media hora después. En cuanto entró en la consulta, se puso su bata y comenzó a auscultar a un pequeño aquejado de fiebre.
      —Muy bien, jovencito —dijo colgándose el escalpelo al cuello—. Te has portado muy bien.
      Sacó del bolsillo de su bata una piruleta y se la entregó al pequeño, que sonrió encantado. Seguidamente, abrió con llave una vitrina a su espalda y sacó un par de frascos de medicamento, que entregó a la madre del pequeño.
      —Señora Mathews, su hijo tiene gripe, como usted sospechaba. Dele este jarabe si le sube la fiebre, y estas pastillas son para contrarrestar los síntomas. Si empeora tráigalo de inmediato, ¿de acuerdo?
      —Muchas gracias, señor Bruce. De no ser por ustedes no sé qué habría sido de mi hijo.
      —No pienses en eso, mujer. Y tú, pequeñajo, más te vale que le hagas caso a tu madre y te quedes en la cama un par de días, o te llevaré a mi casa y te echaré a los tigres para desayunar.
      —¿Tiene tigres, señor Bruce? —preguntó el pequeño con los ojos como platos.
      —Y panteras, y leones… tengo muchos animales salvajes, así que hazle caso a mamá.
      Cuatro horas después, Adriel y él se preparaban para salir.
      —¡Dios, estoy molido! —exclamo Adry estirando la espalda.
      —A mí me ha venido muy bien desconectar. ¿Te has enterado de la última?
      —¿Qué ha pasado?
      —Resulta que tenemos un tío en Nueva York del que no sabíamos nada
      —Espera, ¿qué?
      —Lo que oyes. Por lo visto también es albino, y el abuelo le mandó a Estados Unidos para no tener que matarle.
      —¿Y mi padre lo sabe?
      —Pues no tengo ni idea. Desde luego el mío sí, y lo ha mantenido en secreto hasta ahora.
      —¿Y por qué ahora? —preguntó Adriel poniéndose la chaqueta.
      —Porque mañana llegará a casa. Viene a pedirnos ayuda, así que lo más seguro es que en unos días vayamos todos de camino a la gran manzana para ayudarle a terminar con algún problema.
      —¡Perfecto! Ya me hacía falta una buena pelea… Estoy empezando a oxidarme de no hacer nada.
      —Hemos vivido tanto tiempo persiguiendo y luchando contra Sammael que ahora que no está nos falta algo, ¿verdad?
      —Ahora nuestra herencia no tiene mucho sentido, tío.
      —Nuestra misión es proteger a los humanos en la forma que sea. Aquí les ayudas más de lo que te imaginas, Adry. Todas estas personas no pueden permitirse pagar un buen seguro médico.
      —Tienes razón. ¿Una cerveza?
      —Qué va… Me voy a casa. Anoche no dormí demasiado bien, y necesito acostarme temprano.
      —¿Vendrás mañana?
      —No lo sé, tengo trabajo en la oficina. Vamos a abrir un nuevo hotel y tengo que encargarme de contratar al personal. Quiero ir echándole un vistazo a los currículums que me han enviado.
      —Lástima… contigo el trabajo es menos complicado. Nos vemos en casa, entonces.
      Gabriel vio alejarse a su primo en su moto y se fue a casa. El castillo Bruce estaba en silencio, y salió por la puerta trasera para llegar a su apartamento, una de las antiguas casas del guarda que había sido completamente reformada. Se metió en la ducha y dejó que el agua caliente relajase sus músculos tensos debido a tantas horas de trabajo, y se metió entre las sábanas, sin saber que al día siguiente su vía daría un giro de ciento ochenta grados.



1 comentario:

  1. Me encanta, ya quiero saber más de Gaby ya falta menos que emoción 😊😊😊👏👏👏👏

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